lunes, 28 de abril de 2014

La "physis" del estagirita

Aristóteles
La vasta obra de Aristóteles (384-322 a. C.) se caracteriza a primera vista por una preocupación sobre lo natural. Si diseccionamos su bibliografía comprobamos que el filósofo nacido en Estagira (Grecia) estaba más interesado por los animales y las plantas que por la filosofía. Sin embargo, no hay manual de historia de la filosofía que se precie que dedique a Aristóteles menos páginas que a Platón. Luego veremos por qué sucede esto, pero de momento es claro que la ciencia moderna y actual se quedaría con un saldo negativo si tuviera que pagar toda su deuda con Aristóteles. Fue él, y no otro, quien contribuyó a definir la ciencia (episteme) como un verdadero saber que deviene del contacto con lo real, de la experiencia misma. Traicionando a su maestro Platón decidió tomar por real todo lo que los sentidos podían aprehender, para ulteriormente teorizar sobre ello. Delimitó los objetos de estudio, introdujo métodos y arguyó principios que aplicados en el campo previamente definido, permitían desarrollar discursos universales y válidos, esto es, instaurar las ciencias positivas. Todo esto nos hace pensar que si nuestro filósofo hubiera nacido hoy día y estudiara en nuestro actual sistema educativo, llegado a la adolescencia optaría por el bachillerato de ciencias y la pérdida para la filosofía sería inmensa. O no. Como se dice, la cabra tira al monte y Aristóteles no es menos: sus teorías científicas son tullidas sin el saber superior, sin la filosofía. Aunque no hay en su ideario la pretensión de una ciencia única o unificada, pues cada ciencia tiene principios, hipótesis y definiciones propias, determinando así un ámbito objetivo específico, Aristóteles concebirá la filosofía como una ciencia, la más buscada y querida, la ciencia que pretende la sabiduría. Esta forma de saber versa sobre los primeros principios y las primeras causas, mediante las que podremos dar dar razón del ser y del conocimiento mismo. Por eso esta disciplina es tan importante, porque quiere alcanzar un saber de la totalidad, sin poseer la ciencia de cada cosa particular, sino, antes bien, captar lo particular desde la universalidad y necesidad marcadas por los principios causas supremas. La filosofía aristotélica es un edificio intelectual apasionante a la vez que complejo, con su hilemorfismo latente, sus teorías de las causas y su amplio desarrollo de la ética. Al final de su construcción, al llegar a su última planta, podemos quedar exhaustos y con la sensación de estar en la planta baja otra vez. Estamos de nuevo en la experiencia de la naturaleza, que lo funda todo. Así es, Aristóteles hace girar todo su sistema alrededor de la naturaleza (physis), la cual concibe como aquello de donde procede cada uno de los entes o seres naturales y que es, al mismo tiempo, el primer movimiento. Movimiento, cambio, que reside en los entes en cuanto tales que son. Es decir, su reflexión sobre la naturaleza es una teoría acerca de la experiencia del movimiento. Gracias a éste, nos dice, nos abrimos a la mutabilidad y variedad de lo real.  Y esta experiencia del cambio impele a la razón (logos) a elaborar y expresarse mediante conceptos físicos que tienen un rango metafísico (materia, forma, acto, potencia, causa). Así todo, Aristóteles nota enseguida que "todo cambio es por naturaleza extático", es decir, el cambio pone fuera de sí al ser, de modo que cada cosa, el ente, cada ser, llega a ser lo que es convirtiéndose en otro. El ser estalla, se abre, acontece y sobreviene manifestándose de distinto modo. Si echamos una mirada en derredor se plantea difícil hoy día refutar esta afirmación: de la naturaleza no paran de surgir seres-en-devenir y brotan de ella la mutabilidad, variabilidad y temporalidad, y observamos como el ser sale, se accidenta, muestra su finitud y se manifiesta de diversas maneras. Esto es muy metafísico, pero como dijo Einstein "everything should be made as simple as possible, but not simpler". Sorry, pero la filosofía tiene estas cosas a la hora de las definiciones. En cualquier caso, el de Estagira solucionó con su filosofía la univocidad del ser de los eléatas y de los platónicos, así como la equivocidad de los pesados sofistas. Empero, Aristóteles, adscrito a su época, no pudo superar su concepción del tiempo, tomada cíclicamente y de connotaciones negativas, en el sentido de destructor, degradador y desintegrador del ser. Hoy puede sorprendernos esta concepción pesimista del tiempo porque a nosotros no parece importarnos mucho que haya un pasado y futuro, pero es que somos herederos de la tradición hebrea de la temporalidad, en donde el tiempo es algo lineal, progresivo, sujeto a un principio y un fin. En cualquiera de los casos, Aristóteles se preguntará finalmente (o al principio más bien) sobre el origen de las cosas, la causa primera, y desarrollará su teología, que es una parte de su metafísica, y la entenderá como la ciencia (teorética) más excelsa de las ciencias, ya que tiene por objeto la realidad suprema: theos (Dios o divinidad). Esto no es otra cosa para él, que la sustancia eterna, inmóvil, separada de las cosas sensibles, que mueve sin ser movida y principio primero que fundamenta la physis.


Olivera Gorda de Ricote
Grecia (y la actual Stagira también) es tierra de olivos. La Olea Europaea u olivo es un excelente árbol de la región mediterránea. Requiere climas cálidos, tiene un crecimiento lento y suele tener forma irregular en cuanto a su follaje. Sus ramas y troncos pueden llegar a ser muy retorcidos en ejemplares longevos y sus hojas son plateadas. Es cultivado por su fruto, la oliva o aceituna, que es una drupa carnosa rica en aceite y de color verde o negro. En Ricote, Murcia, se encuentra la archiconocida "olivera gorda", árbol monumental que los expertos datan de milenario. Casi dos milenios antes, hubo en Jerusalén un conjunto de olivos situados en una ladera elevada, el Monte de los Olivos, que fueron testigos de la oración y posterior prendimiento de Jesús (Mt 26, 47-56, Mc,14,43-50, Lc 22,47-53 y Jn 18,1-11). 


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