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| Comienzo de la Sinfonía Titán (sección violines) |
Hay muchas formas de representar lo que nos acontece. La historia de la humanidad, entendida como historia de la cultura, contiene importantes formulas de expresión e innumerables ejemplos particulares de explicitación de lo real. Baumgarten, en el siglo XVIII, desarrolla una nueva concepción de la estética donde lo importante de la obra de arte no es el modelo que representa, sino las excelencias aparenciales de los objetos y las reacciones variadas que éstas provocan en el espectador. Un siglo y medio más tarde, Gustav Mahler (1860-1911) creó un edificio musical a base, sobre todo, de sinfonías que expresaban, precisamente, todo un universo personal de sentimientos y visiones del mundo. El músico bohemio-austriaco era un verdadero intelectual, aficionado al arte y a la filosofía y un hombre atormentado, que parecía hacerse mil preguntas con respuestas poco adecuadas o insuficientes. Su música revela, entre otras cosas, esas preocupaciones de tipo metafísico y religioso que chocaban de lleno con una época en la que el positivismo, centrado en el avance tecnológico y económico privaban sobre otros menesteres. Ya empezaban a correr malos tiempos para la filosofía y la música no escapaba a esas pretensiones pragmáticas. Mahler, sin embargo, supo crear un mastodonte sinfónico en el que cada sinfonía, desde la primera (Titán) hasta su inacabada décima, dialogaban y exponían toda una suerte de pulsiones y recursos técnicos sin parangón en la historia de la música precedente. Mahler llegó a decir que "escribir una sinfonía es construir todo un mundo" y ese mundo, "debe estar contenido en ella". Se trata de un mundo variado y sorprendente, a veces cruel y apocalíptico, a veces trascendente y victorioso. Así es Mahler, así veía el mundo desde su desconcertante perspectiva interior y así nos lo ha dejado formulado en clave musical. Y siguiendo a Baumgarten, la reacción que provoca a quien escucha sus obras es crucial e inviolable. Ya no hay retorno cuando aprehendemos el hecho estético de su arte porque, siguiendo ahora a Hegel, la experiencia de su escucha adquiere una dimensión antropológica y, entonces, proyectamos nuestro propio ser en su música, nos objetivamos en ella y buscamos conocernos a nosotros mismos. Podemos comenzar a descubrirnos ontológicamente escuchando su primera sinfonía, la llamada Titán. Se trata de una obra que define y presenta muy bien lo que es el estilo mahleriano: líneas melódicas claras y acompañamientos nítidos en una extraordinaria, repito, extraordinaria, orquestación que transmite ya esa turbación espiritual que el compositor y director de orquesta de origen judío padeció la mayor parte de su vida. La Titán de Mahler es una obra muy interpretada y grabada. Sólo puedo recomendar una versión discográfica a pesar de las más de 50 grabaciones que caminan por el mercado: la de Jascha Horenstein con la Sinfónica de Londres de 1969. El registro se recomienda solo por dos cosas: porque es una impecable grabación de estudio y porque los tempi que utiliza el director ruso son simplemente magistrales. https://www.youtube.com/watch?v=v1_vG-tRKAk
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| Taray de Lo Santero |
Cuando escuchamos el primer movimiento de la Titán, "lento arrastrando, como un sonido de la naturaleza", no es difícil imaginar caminando por un bosque mediterráneo y dejándonos llevar por el susurro jovial del agua del arroyo circulando suavemente. Allí, junto al agua contemplamos una flora propia de las cuencas de los ríos y humedales y seguro que encontraríamos un taray o tamarisco. El Tamaris Gallica es un arbusto con forma arbórea que, aunque puede vivir en cualquier terreno, suele estar en las riberas de los riachuelos. Tiene un crecimiento medio y su hoja, caduca, es pequeña, en forma de escamas lanceadas. Es de color verde azulado y sus flores se presentan en densos racimos cilíndricos de color rosa. En Torre Pacheco, Murcia, en el barrio de El Albardinal está probablemente el taray más antiguo y grande de la península ibérica, el Taray de Lo Santero. Es espectacular y destaca por la singularidad de hallarse solitario junto a una nave industrial y una vivienda particular, cuyos dueños son los propietarios del longevo árbol. El taray es, además, un árbol bíblico y ya en Génesis 21,33 aparece vinculado al patriarca Abraham, quien "plantó un tamarisco en Berseba e invocó allí el nombre de Yahveh".